sábado, 23 de noviembre de 2013

Movember, una experiencia masculina

Noviembre era un mes más de otoño. Frío, a ratos. Teñido de ocres y rojizos. Lluvioso, o no. Con un agradable aroma a castañas asadas, mazorcas de maíz y boniatos. Ahora es algo más. Incluso su nombre ha mutado. Es Movember. Así, con mayúsculas.Un mes en el que se quiere llamar la atención sobre la salud masculina. Y la forma en la que se ha hecho está tan llena de creatividad, que la iniciativa mola.


Bigotízate lo resume todo. Hombres y mujeres de todo el mundo están llamados a dejarse bigote por una buena causa. Sí, chicas, nosotras también. Pero el caso es que no sé qué me da pasarme por alto eso de depilarme el bigotillo, la verdad. Lo del bigote no, pero me apetecía hacer algo. Y ha debido ser por eso, por lo que me he solidarizado con la causa. Eso o que he tenido un arrebato de masculinidad.


Ni siquiera aún sé muy bien por qué, cuando me he querido dar cuenta estaba sentada en una de esas sillas de barbero, frente a un espejo por el que veía a la gente pasear por la calle y mirar con cierto asombro. El peluquero, un tipo de unos 40 años, calvo inmaculado, me inspiraba confianza. Semanas atrás había cortado el pelo a mi novio y se lo había dejado rebién. Él me dijo, además, que tenía dominio con la navaja. Pero cuando ni siquiera habían pasado los dos primeros minutos de verme allí sentada, supe lo que era sentir miedo. De ese que no sabes si quieres reír o llorar; quedarte o salir corriendo... Me dio la impresión de que ese tío no había cortado el pelo de una mujer en años. Mechón para arriba, para abajo, un poco de agua por aquí, otro poco por allá... Pero, ¿cómo lo quieres?, me preguntó. Como lo tengo, pero más corto, le dije. Afirmó con la cabeza. Era un hombre callado, de pocas palabras. Se le veía concentrado. No tiene ni idea, pensé.


Efectivamente, 30 minutos después no lloré por vergüenza. Dominaba la navaja, sí, pero de más. No me lo cortó un poco, sino mucho. Se vino arriba, el hombre. Su obsesión era repeinarme, que no se levantara ni un solo pelo. Dejarme como a un hombre. No sé en qué estaría pensando, porque tenía entre manos un pelo rizado, imposible de domar y menos aún, ahora. Claro, que después del agua que me pulverizaba así como si nada y de peinarme continuamente con uno de esos peines que los hombres de bien solían llevar en el bolsillo de la americana, el pelo era de todo menos rizado. Eso sí. Agradecida fui un rato. ¿Te gusta? Claro, si no soy muy exigente con el pelo, respondí. Sí, sí que lo soy, pero en este embolado me había metido yo solita. Ya me lo habían advertido, ¿vas a ir a una peluquería de hombres? Por qué no, pensé. Ahora, ya tengo la respuesta. Nunca más. Eso sí, puedo tachar un propósito de la lista. He rendido mi pequeño gran homenaje -gran porque a ver ahora qué hago por las mañanas con el pelo que me ha dejado este hombre- a un mes con M de masculino, de Movember. De cómo te atreves.

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