lunes, 24 de febrero de 2014

Espejito, espejito...

No es que pretenda encontrar una respuesta al más puro estilo Blancanieves frente al espejo. Ni mucho menos. Vengo a contaros mi relación, que más bien podría definirse de amor-odio, con los espejos. Una pieza que, según los gurús de la decoración (ahora, con esto de internet los hay de todo tipo), no puede faltar en una casa trendy que se precie. Discrepo. En parte, debido a mi inclinación por el Feng Shui. Una disciplina que, en cuanto a decoración se refiere, consiste en armonizar las energías que nos rodean. Armonizar con lógica y sentido común. Ya me gustaría a mí tener un riachuelo bordeando mi casa, pero como que no. Pues así, con todo. Los consejos que puedas aplicar, adelante, pero tampoco hay que volverse loco.

Decoración con espejos

En cuanto a los espejos, este 'arte de la distribución' lo tiene claro. Hay que evitar reflejar figuras, cuadros o imágenes con mal feng shui; no son recomendables los espejos rotos, deformados, tampoco los que llevan líneas que producen cortes o duplicaciones en las imágenes -la antigua superstición de que romper un espejo trae mala suerte se debe, según algunos, a la distorsión de energía que provoca una superficie rota o magullada- (¡cualquiera se la juega!). No es recomendable colocarlos frente a la puerta de entrada, ni que reflejen directamente la cama. Y si se trata del espejo que utilizamos habitualmente para pintarnos, mirarnos lo monas que vamos o cualquier otra cosa que se os ocurra, nos tenemos que ver sin necesidad de agacharnos o subirnos a una silla. Sentido común, vaya.


Hasta aquí, el odio de esta extraña relación. ¿El amor? El justo. No soy ninguna apasionada de los espejos. Ni para hacer que los espacios parezcan más grandes, ni para ganar luz, eliminar columnas... Sin embargo, los veo (en casas ajenas, eso sí) y me gustan. Decoran. Con un poco de gusto y estilo (esto es como la lógica y el sentido común) podemos hacernos un espejo bien chulo. Y luego, ya veremos dónde lo colocamos, ¿no os parece? 






viernes, 7 de febrero de 2014

Recetas para alegrar al personal

Tras un intento fallido por conquistar los fogones de MasterChef -y menos mal, porque de haber tenido suerte no me hubiera podido quitar de la cabeza eso de "Manolete, si no sabes torear 'pa' qué te metes"-, he decidido retomar mi afición por la cocina. Ahora, las condiciones acompañan. Una cocina para hacer y deshacer a mi antojo, todo el tiempo del mundo (espero que esto cambie no tardando) y, lo más importante, él para probar todas y cada una de mis creaciones.

La afición no es nueva. Ni fruto del boom de los cocineros televisivos. La cocina me chifla desde que soy bien pequeña. Me encantaba pasar las tardes entre fogones con mi abuela y con mi madre. A veces, cuando no me dejaban meter mano, me conformaba picando perejil y procurando que quedara "bien picadito", como decía mi abuela 'La Conce', de la que os hablaré otro día, porque su flan de leche condensada bien merece un post para él solito. ¡Qué tiempos aquellos! Cuando me aburría, hacía bizcochos y me daba mucha rabia porque, como en casa éramos cinco, duraban un santiamén. Visto y no visto. Hasta calientes nos los comíamos. 

Recetas de cocina para alegrar al personal
Luybaco

Hace unos días, fuimos a cenar a casa de unos amigos. Buenos amigos. Él tiene una mano especial para la cocina y para las letras, pues lo que hace lo redacta con gusto. Ella es amor. Y tacones, claro. Fue ella quien me animó a que volviera a cocinar y a compartirlo en este pequeño gran rinconcito. Dicho y hecho. A partir de ahora, iré compartiendo de nuevo mis aventuras entre fogones. Recetas para alegrar al personal, que no están los tiempos para penas. Y como decía el gran Arguiñano, ricas, ricas y con fundamento.

jueves, 30 de enero de 2014

Soñando despierta

No sé si os lo habré dicho en alguna ocasión, pero me declaro soñadora. Soñadora nata. Dormida y despierta. Quizás, más despierta que dormida. Le pese a quien le pese, me encanta soñar. No solo el verbo, también el sustantivo. Y como bien decía Calderón de la Barca, "la vida es sueño y los sueños, sueños son". Como buena soñadora, uno de mis rincones preferidos de la casa es la habitación y dentro de ella, la cama. Un lugar donde duermes, sueñas, compartes, remoloneas los domingos y, con un poco de suerte, hasta desayunas. Con o sin diamantes, desayunar en la cama, siempre es un buen plan.

dream | Tumblr 

Es un espacio íntimo, personal, donde cada pequeño gran detalle cuenta. He de confesar que hasta no hace mucho tiempo, odiaba los cabeceros. Allá donde iba, los quitaba. Nunca los he encontrado útiles. Aunque, como me dijo mi casera Pepi en una ocasión, "evitan que se manche la pared, niña". ¿De qué?, pensé. Da igual. Tiquismiquis aparte, al grano. Resulta que ahora, me gustan. Y mucho. No sé si será algún tipo de síntoma extraño de madurez o simplemente que he dado con unos cabeceros requetebonitos. Aunque espero que os gusten, ya sabéis eso de para gustos, los colores, ¿no?









 Fab



Si soñar es ver la vida de otro modo, ¿quién pude resistirse a soñar en lugares tan bonitos?

sábado, 23 de noviembre de 2013

Movember, una experiencia masculina

Noviembre era un mes más de otoño. Frío, a ratos. Teñido de ocres y rojizos. Lluvioso, o no. Con un agradable aroma a castañas asadas, mazorcas de maíz y boniatos. Ahora es algo más. Incluso su nombre ha mutado. Es Movember. Así, con mayúsculas.Un mes en el que se quiere llamar la atención sobre la salud masculina. Y la forma en la que se ha hecho está tan llena de creatividad, que la iniciativa mola.


Bigotízate lo resume todo. Hombres y mujeres de todo el mundo están llamados a dejarse bigote por una buena causa. Sí, chicas, nosotras también. Pero el caso es que no sé qué me da pasarme por alto eso de depilarme el bigotillo, la verdad. Lo del bigote no, pero me apetecía hacer algo. Y ha debido ser por eso, por lo que me he solidarizado con la causa. Eso o que he tenido un arrebato de masculinidad.


Ni siquiera aún sé muy bien por qué, cuando me he querido dar cuenta estaba sentada en una de esas sillas de barbero, frente a un espejo por el que veía a la gente pasear por la calle y mirar con cierto asombro. El peluquero, un tipo de unos 40 años, calvo inmaculado, me inspiraba confianza. Semanas atrás había cortado el pelo a mi novio y se lo había dejado rebién. Él me dijo, además, que tenía dominio con la navaja. Pero cuando ni siquiera habían pasado los dos primeros minutos de verme allí sentada, supe lo que era sentir miedo. De ese que no sabes si quieres reír o llorar; quedarte o salir corriendo... Me dio la impresión de que ese tío no había cortado el pelo de una mujer en años. Mechón para arriba, para abajo, un poco de agua por aquí, otro poco por allá... Pero, ¿cómo lo quieres?, me preguntó. Como lo tengo, pero más corto, le dije. Afirmó con la cabeza. Era un hombre callado, de pocas palabras. Se le veía concentrado. No tiene ni idea, pensé.


Efectivamente, 30 minutos después no lloré por vergüenza. Dominaba la navaja, sí, pero de más. No me lo cortó un poco, sino mucho. Se vino arriba, el hombre. Su obsesión era repeinarme, que no se levantara ni un solo pelo. Dejarme como a un hombre. No sé en qué estaría pensando, porque tenía entre manos un pelo rizado, imposible de domar y menos aún, ahora. Claro, que después del agua que me pulverizaba así como si nada y de peinarme continuamente con uno de esos peines que los hombres de bien solían llevar en el bolsillo de la americana, el pelo era de todo menos rizado. Eso sí. Agradecida fui un rato. ¿Te gusta? Claro, si no soy muy exigente con el pelo, respondí. Sí, sí que lo soy, pero en este embolado me había metido yo solita. Ya me lo habían advertido, ¿vas a ir a una peluquería de hombres? Por qué no, pensé. Ahora, ya tengo la respuesta. Nunca más. Eso sí, puedo tachar un propósito de la lista. He rendido mi pequeño gran homenaje -gran porque a ver ahora qué hago por las mañanas con el pelo que me ha dejado este hombre- a un mes con M de masculino, de Movember. De cómo te atreves.

miércoles, 13 de noviembre de 2013

Tu ausencia

Debería estar loca de contenta, pero lo cierto es que tengo sentimientos encontrados. Una sensación agridulce, más dulce que agri, pero de esas que te hacen reflexionar y que si te descuidas, se vuelve más agri que dulce. Vayamos al grano. Hace unos días participé en un concurso de microrrelatos -voy a obviar toda referencia porque nadie me obligó a participar y "si no te gustaba, no hubieras participado, bonita"- y para mi grata sorpresa, he sido una de las seleccionadas. 


Un cielo azul plomizo cae sobre mí. Los rayos no brillan. Las nubes también lloran tu ausencia. Aquel pájaro que solía posarse en la ventana al amanecer hoy no está. A lo lejos, triste, solitario y llorón, el sauce no esconde su pena. Una densa cortina de niebla empapa sus ramas. Ramas que lloran. Lloran tu ausencia.

-Tu ausencia-

Sí, seleccionada. Ni ganadora ni finalista. Hasta ahí todo perfecto. Os podéis imaginar la ilusión que me hizo. Sin embargo, la ilusión se esfumó de un plumazo cuando profundicé en el asunto. Resulta que con todos los microrrelatos (ganador, finalistas y seleccionados) se va a editar un libro. Al ganador le corresponden tres ejemplares; uno, a los finalistas y ninguno, a los seleccionados. ¡Negocio redondo, señores! Nunca se me hubiera ocurrido una mejor forma de editar un libro, una antología en este caso, y garantizarte, al menos, la venta de miles de ejemplares (basta con que cada uno de los seleccionados nos hagamos con uno). Y pensaréis, pues de qué se queja esta tía, que ha juntado cinco líneas, las ha enviado por correo y encima, las verá publicadas en un libro. Pues de eso, de la facilidad para hacer negocio a costa de la ilusión de los demás. El tema me suena. Me recuerda, y mucho, a cuando los medios de comunicación recurren a los ciudadanos para ampliar su archivo fotográfico. El periodismo ciudadano está muy bien y es mucho más barato, ¿verdad?

Pero vamos, dicho esto, que estoy tan orgullosa de mis cinco líneas y de que hayan sido seleccionadas. Sin embargo, tras largas peleas con mi ego, he decidido no hacerme con uno de los ejemplares de dicha antología. Paso. Y de eso, también me siento orgullosa.